De los murciélagos, lobos y otros habitantes del monasterio.

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Tras una espera mas que abultada por la criatura , que vilmente nos engaño con volver, y respirando tranquilamente ya que al menos, no vino con amigos, decidimos que a lo mejor es buena idea el ir a por esos hongos, ya que ellos no vendrán a nosotros. Como precaución tomamos la determinación de revisar las habitaciones minuciosamente, ya que no sabemos como de escondidos pueden estar los hongos.

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Diario de Karil

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Día 4

Al levantarnos, seguimos remontando el río hasta alcanzar el lago del que no había hablado Millon. Allí resolvimos ir hacia el norte, al camino que llevaba a la casa de la bruja Ullizmila donde esperábamos encontrar raíz de cola de rata más alguna información adicional sobre los otros ingredientes.

El camino se tornó extraño. El ruido del saltarín río ya no nos acompañaba, no oíamos los ruidos de las ardillas o de otros animales que huían a nuestro avance, ni el graznido de los pájaros defendiendo sus nidos, ni el arrúo de los jabalíes en sus secretos senderos. Todo estaba silencioso, opresivamente acallado y cuando llegamos al claro donde la bruja moraba, nuestros corazones albergaban miedo. Una casa de madera, vieja, yacía moribunda en medio de unos pequeños campos de cultivo donde una decena de espantapájaros permanecían en eterna y silenciosa guardia.

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Día 2 (cont)

Tras ver a la curandera, volvimos a toparnos con nuestros compañeros carreteros que, misteriosamente, se habían convertido en tres; más tarde descubrí que no había ningún misterio en ello. Juntos decidimos salir del pueblo, pero no conseguimos ponernos de acuerdo en el siguiente paso a dar. Antes de continuar con mi narración, permitidme que os presente a nuestros compañeros de viaje: Continúa leyendo «Diario de Karil»

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Día 1

El caballo entró en el campamento, y sus cascos resonaron en mis oídos como una advertencia, un aviso de que aún quedaba trabajo en la jornada. aunque el sol había desaparecido por el oeste hacía ya rato. Fue una suerte que aún no me hubiera aseado. Recogí las riendas del animal de las manos del jinete. Era un humano y al igual que su montura, parecía cansado. Junto a nosotros estaba el aprendiz del herrero, un joven mocoso que no debía tener más de doce primaveras. Me sorprendió su presencia, no así la de Mærvin, ya que él siempre, como ya os he contado, revolotea por el campamento.

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Tengo la impresión que estas líneas que ahora empiezo a escribir, me van a ser necesarias en el futuro. Yo, Karil Drako, hechicero del dragón de oro, inicio este diario en la seguridad de que pocos de mis compañeros se animarán a hacerlo; sospecho que algunos ni sabrían escribir su nombre. Sé testigo, anónimo lector, de nuestras hazañas y nuestras derrotas, de nuestras dudas y nuestra valentía. Y al final, cuando llegue el final de nuestros días, juzga si fuimos merecedores de las crónicas, juzga si alguna de nuestras historia merece un cantar, una gesta o una simple oda que nos recuerde. Continúa leyendo «Diario de Karil»