Diario de Karil

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Día 2 (cont)

Tras ver a la curandera, volvimos a toparnos con nuestros compañeros carreteros que, misteriosamente, se habían convertido en tres; más tarde descubrí que no había ningún misterio en ello. Juntos decidimos salir del pueblo, pero no conseguimos ponernos de acuerdo en el siguiente paso a dar. Antes de continuar con mi narración, permitidme que os presente a nuestros compañeros de viaje:

Engeller Grose es un engreído paladín que desde el primer momento creyó que estaba a las órdenes de este grupo. Es cierto que, al final, le dejamos mandar, pero sólo porque sus órdenes nos son convenientes. No me cabe duda que llegará un día en el que sus deseos sean opuestos a la razón (a mi razón). Ese día, su dios perderá un discípulo.

Cionaodh Thundervoice es un bardo al que aún no he oído cantar, pero que siempre nos amenaza con hacer una balada u oda que narré nuestras aventuras y desventuras. Mis oídos son testigos de que tiene una voz portente, pero lo dicho, nunca le hemos oído cantar.

El tercer miembro no invitado del carromato resultó ser Rillka, un pequeño y problemático halfling que el capataz del campamento maderero había intentado expulsar en varias ocasiones (pero siempre volvía).  Se coló en el carro escondido entre las maderas y cuando le descubrimos, ya era tarde.

Tras este pequeño paréntesis de presentaciones, permitidme que siga narrando nuestros avatares…

Al final, a pesar de mi firme oposición, el grupo decidió ir al campamento maderero a buscar pistas de las localizaciones de la curandera. Varias cosas me preocupaban: el encargado del campamento nos había dado orden de no volver en tres días (desobedecerla podía suponer una dura reprimenda); el campamento estaba infectado (aquellas toses tras la cortina no auguraban nada bueno); y por último, preguntarle a los leñadores donde está el árbol que si lo cortas matas todo el bosque, no me parecía buena idea. Resolví quedarme fuera del campamento y dejarles que entraran ellos solos.

Volvimos a ver al centinela de la salida de la ciudad. Nos comentó que no podíamos salir y nos hizo un gesto interracial que era una posición negociable frotándose sus dedos índice y anular con el pulgar. El paladín, que ha ido a la misma clase de idioma gestual que nuestro amigo Saia, se negó a darse por aludido y a punto estuvo de iniciar un incidente armado. Afortunadamente, Mærvin (cada día me cae mejor este gnomo) le pasó una moneda de tapadillo al centinela y éste nos franqueó el paso. Aún tuvimos que aguantar a Engeller diciéndonos: «¿Veis como dialogando se entiende la gente?»

El bardo nos comenta algunas cosas sobre el bosque, pero, me temo, nadie le hace caso. Sospecho que si el paladín hubiera resuelto escucharle, nos habríamos ahorrado gran parte del viaje y, sobre todo, nos habríamos ahorrado la visión de una valla de seguridad con dos centinelas armados con arcos: «ni un paso más» dijeron. Nuevamente Engeller, que empiezo a pensar que es un poco sordo, dio un paso más. Una flecha se clavó a sus pies y tuve la certeza que no habían errado el tiro. «¡No podrás pasar!» le dijeron y, al final, comprendió que, tal vez, no deberíamos haber vuelto al campamento.

De todas formas, el viaje no fue del todo infructuoso. Le pedí a un viejo leñador que conocía, llamado Millon, que se asomara a la barrera un momento y le pregunté si le sonaban los lugares que nos había dado la curandera. Al viejo le sonaban y nos dio precisas indicaciones de dónde podríamos encontrarlos.

Aquella noche pernoctamos a las afueras del campamento. Desde su interior, en la lejanía, nos llegaban las voces en susurros, temerosas y las toses estruendosas, que rompían la noche como una advertencia del peligro mortal que nos redeaba. Fue una noche intranquila, de sueños oscuros…

Día 3

Partimos temprano. El paladín resolvió que no podía viajar sin una montura y se “agenció” uno de los animales del carro. Le explicó que aquello estaba muy cerca de robar, pero Engeller tiene unas ideas muy claras respecto a la propiedad (de los demás). Con él subido a su caballo de tiro, a los demás no nos quedó más remedio que ir andando. Al desmontar el carromato nos vimos obligados a abandonarlo al lado del campamento.

La negra madera de los darkwood le da un aire siniestro al bosque. No avanzamos por ningún sendero, ni por ninguna ruta conocida; para ahorrar tiempo decidieron atravesar dejándonos guiar por Mærvin. Su felino acompañante no estaba nada tranquilo. El druida lo notaba y yo he empezado a leer en ese pequeño rostro de orejas puntiagudas. Cuando el lince se ocultó bajo unas hierbas altas y Mærvin le siguió décimas después, yo estaba avisado y tarde poco segundos en ponerme a cubierto y preparar mi mente para la batalla. Mis compañeros se comportaron mejor de lo que esperaba, a excepción de Engeller que se quedó en medio del bosque, mirándonos y preguntando: «¿qué pasa? ¿Por qué os ocultáis?» Ni siquiera el paso de una enorme sombra por encima de su cabeza le hizo desistir de su actitud, pero fue demasiado para su podenco que intentó huir hacia el sur, pero entre el follaje, unas garras surgieron y un batir de alas revolvió la hojarasca. Los afilados espolones se clavaron en el cuello de la montura (Pinto se llamaba y recuerdo ahora, con cierta tristeza, que era un caballo noble, tranquilo y que siempre agradecía la paja que le acercaba); nuestro atacante arrastró al animal y al caballo algunos metros hasta que, al final, Engeller cayó al suelo. Liberado del peso, Pinto desapareció en el cielo mientras sus relinchos atemorizados nos recordaban lo futil de nuestra defensa. No recuerdo si fue Mærvin o Thundervoice, pero comentaron que lo que nos había atacado era una Wiverna. Este viaje empezaba a darme muy mala espina.

Aguardamos en silencio, esperando que la sombra volviera a por nosotros, pero, al parecer, el caballo había sido suficiente cena para ella y nos dispusimos a partir. Anduvimos con cierta prisa. La excusa fue que queríamos llegar al río antes del anochecer. En realidad, queríamos alejarnos del territorio de caza de la Wiverna lo antes posible. Sí, estimado lector, Engeller, magullado por la caída y herido en su orgullo, intentó que vengáramos la muerte de Pinto, pero no le hicimos caso.

Al llegar la río, encontramos unos musgos fosforescentes en la orilla sur. Brillaban levemente y, al parecer, mantenían su brillo a pesar del contacto con el calor de la piel humana. Algunos de mis compañeros recogieron algunos para usarlos en el futuro, pero yo me limité a mirar mi bastón y sonreí.

Al rato, mientras ya nos planteábamos si continuar un poco más o acampar, escuchamos unos sonidos lastimosos de un animal. No sabíamos lo que era, pero, a pesar de que empezaba a anochecer, remontamos el río y descubrimos a un pequeño zorro dorado atrapado en una tosca trampa. Mærvin consideró que era necesario liberarle, pero la trampa, como debía haber sido previsible, tenía dueños y cuando nos acercábamos al lugar, nos atacaron orcos y cuervos. El combate fue intenso y rápido y estuvo rodeado de varios incidentes. Rillka decidió que era un buen momento para probar una maniobra circense y una flecha acabó en mi espalda (maldito halfing). Después, tuvo justo castigo, pues el druida (no me cabe duda que fue él) le arrojó un árbol encima para que nos dejara combatir en paz. Libres de las molestias, acabamos con el enemigo con precisión. Podría e de decir que mis dedos llamearon, lanzaron rayos de un intenso color sangre y mis ojos se iluminaron con el poder que es herencia de mis padres…, pero no quisiera convertirme en el protagonista de mi relato.

Tras comprobar que no había más enemigos, resolvimos dormir. Mis compañeros empezaron a buscar sus piedras mohosas brillantes. Yo, simplemente, golpee el suelo con mi bastón y una llama brotó de su interior iluminándolo todo. ¡Deberíais haber visto sus caras!

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