Diario de Karil

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Tengo la impresión que estas líneas que ahora empiezo a escribir, me van a ser necesarias en el futuro. Yo, Karil Drako, hechicero del dragón de oro, inicio este diario en la seguridad de que pocos de mis compañeros se animarán a hacerlo; sospecho que algunos ni sabrían escribir su nombre. Sé testigo, anónimo lector, de nuestras hazañas y nuestras derrotas, de nuestras dudas y nuestra valentía. Y al final, cuando llegue el final de nuestros días, juzga si fuimos merecedores de las crónicas, juzga si alguna de nuestras historia merece un cantar, una gesta o una simple oda que nos recuerde.

Estamos en el norte del Gran Ducado de Karameikos, una parte de Misthara, pero pocos conocen este nombre. Estas tierras tienen frontera con la poderosa Thyatis (amiga y enemiga a la vez) al este, la tierra de los halflings (The Five Shires) al oeste y los desconocidos elfos de Darokin al norte. Creo que mi madre era de esas tierras, pero no podría asegurarlo. Mi padre, desconocido para mí, era de un reino más lejano, un reino que no aparece en los pobres mapas que podría enseñaros y del que, seguramente, nunca hayáis oído hablar. A él le debo mi apellido y mi maldición. A ella le debo mi conocimiento y mi estigma.

Yo, Karil Drako

Vivimos desde hace algunas semanas en un campamento de leñadores cercano a los apreciados bosques de los “darkwood” (una madera muy apreciada en lejanas tierras y que ha traído mucha prosperidad a esta tierra). La ciudad más importante en las cercanías es Threshold, pero estamos a bastante distancia de ella. La más cercana, sin embargo, es Falcon’s Hollow. Una pequeña ciudad, unas mil almas, que está sufriendo en sus carnes la prosperidad de la zona. Existe un Falcon alto, una zona reservada a los dueños de las explotaciones madereras y donde los plebeyos (nosotros y mil más) no tenemos acceso; nosotros sólo podemos merodear por Falcon bajo y Falcon bajo no es muy agradable. De cualquier forma, cuando te pasas diez días entre leñadores sudorosos, hasta Falcon bajo te parece un paraíso, un remanso de paz al que deseas volver, aunque luego te arrepientes en cuanto te enteras del precio de las cosas. Además, los dueños de la maderera están pagando en vales a sus trabajadores y dichos vales sólo son canjeables en Falcon (no más allá) con lo que están creando una economía de dependencia de los trabajadores hacia la ciudad y así se ahorran los pagos en moneda. Tengo algo de dinero en los bolsillos y creo que debo sentirme afortunado, aunque mi trabajo como mozo de establo en el campamento maderero no sea la ocupación que había imaginado. Es lo malo de ser un mestizo…

En el campamento maderero he conocido a dos personas. Llevamos ya varias semanas juntos y creo que entre nosotros existe cierta amistad. No son humanos, lo que me permite hacerles chistes racistas en venganza. No me siento muy orgulloso de ello, pero espero que sabrán perdonármelo; es la tensión de andar todo el día ocupándome de las «necesidades» de los caballos.

Maervin, un amigo

Uno de ellos es un gnomo de aspecto raro, amigo de los animales y de las plantas que va acompañado a todas partes con un gato al que llama tigre. Tiene ideas raras, pero es agradable charlar con él al final de la jornada. No me queda muy claro que hace Mærvin en el campamento. Sospecho que debe catalogar la madera o algo así, pero, la verdad, lo único que hago es verle revolotear de un sitio a otro. Parece un insecto libando flores.

Saia Agos

El segundo es un enano cabezón que tiene tendencia a meternos en problemas. Le queremos porque si no, no le querría nadie y, entre otras cosas, sabemos que sus poderosos brazos nos salvarán cuando haga falta. Trabaja en la herrería y tiene trabajo para rato. Las relaciones con los humanos herreros no son buenas. Sospecho que Saia Agos cree que podría hacerlo mejor que ellos y que el hierro, como enano, le habla sólo a él.

Esperando el final de nuestro turno de diez días, nos faltaban tres, estábamos, cuando un jinete entró galopando en el campamento…

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