Diario de Karil

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Día 4

Al levantarnos, seguimos remontando el río hasta alcanzar el lago del que no había hablado Millon. Allí resolvimos ir hacia el norte, al camino que llevaba a la casa de la bruja Ullizmila donde esperábamos encontrar raíz de cola de rata más alguna información adicional sobre los otros ingredientes.

El camino se tornó extraño. El ruido del saltarín río ya no nos acompañaba, no oíamos los ruidos de las ardillas o de otros animales que huían a nuestro avance, ni el graznido de los pájaros defendiendo sus nidos, ni el arrúo de los jabalíes en sus secretos senderos. Todo estaba silencioso, opresivamente acallado y cuando llegamos al claro donde la bruja moraba, nuestros corazones albergaban miedo. Una casa de madera, vieja, yacía moribunda en medio de unos pequeños campos de cultivo donde una decena de espantapájaros permanecían en eterna y silenciosa guardia.


Me adelanté a mis compañeros. A pesar del miedo, a pesar de la terrible sensación de que aquello podría ser la morada de una chiflada, consideré que era el más indicado para tratar con aquello. Llamé tres veces a Ullizmila por su nombre desde el borde del claro. ¡Ullizmilla!, ¡Ullizmilla!, Ullizmilla! e hice que mi símbolo mágico flotara un instante en el aire…

Podemos pasar – anuncié a mis compañeros quienes me acompañaron hasta la puerta (excepto Rillka que había vuelto a desaparecer). En la puerta, volví a repetir la ceremonía: ¡Ullizmilla!, ¡Ullizmilla!, Ullizmilla! y les dije que podíamos pasar. La puerta estaba desvencijada y fue necesario algo de fuerza para abrirla. Había ocurrido lo que me imaginaba. La bruja Ullizmila debía ser una poderosa vidente y sabiendo que vendríamos a visitarla, había decidido abandonar el lugar hace años.

Había polvo, telarañas y signos evidentes de que todo llevaba algún tiempo sin que nadie se ocupara de ello. Un pequeño caldero reposaba en el hogar y una viejo esqueleto descansaba en una mecedora. Ullizmilla tenía un tétrico gusto para la decoración. En una de las estanterías había un montón de libros. Sin pensarlo, me puse a su lado para evitar que fueran profanados. Rillka (¿cómo demonios ha llegado a la casa?) también se había fijado en ellos. Iniciamos un juego llamado: «tú sacas la mano, yo te doy con el bastón». Y todo iba bien hasta que vi que el gnomo se acercaba a otro armario con muchos potingues, hierbas y demás. Me acerqué a él dispuesto a enseñarle el juego del bastón, pero el maldito halfling aprovechó mi descuido para agenciarse el tomo más grande y lujoso que había en la estantería…

En ese momento, surgido de las tinieblas de tiempos antiguos, de la magia poderosa de la protección ancestral, escuchamos unas patas metálicas golpeteando contra el suelo de piedra de la vieja casa. ¿Qué ocurre? Pronto lo adivinamos; el caldero, animado por fuerzas de venganza, se abalanzaba contra el halfling. Su bocas se había trasformado en una instrumento engullidor y sus pequeñas patas le daban una increíble velocidad. ¿Y qué hice? se preguntará anónimo lector… junte las manos, me apoyé sobre el bastón y esperé a que el caldero diera una lección al halfling.

Algunos bocados más tarde, cuando Rillka ya había sido engullido por el caldero, pensé que, tal vez, la lección iba a ser demasiado dura para nuestro pequeño compañero. Fue entonces, cuando entre todos, conseguimos reducir la caldero, volverlo a su forma inanimada, y salvar al halfling. La lección no le sirvió de nada, como más adelante veremos.

Desactivada la protección mágica, una revisión detenida de la casa de Ullizmilla nos permitió identificar y conseguir unas cuantas raíces de cola de rata (suficientes para el encargo de la curandera). Mærvin no consideró correcto despojar a la bruja de sus pertenencias (aunque parecía claro que las había abandonado) y le dejó una de las raíces (por si tuviera que hacerse un antídoto) y algo de dinero. A mi me interesó una bolsa que había resistido el paso del tiempo, pero tras descubrir que en su interior sólo contenía plantas raras, me deshice de ella regalándosela a Thundervoice. Éste, por su parte, inició algunos complicados experimentos “bárdicos” con ella.

Ullizmilla tenía en la casa un receptor en forma de cabeza reducida. Si le saludabas cortésmente, abría los ojos y respondía: «Bienvenido a la casa de Ullizmilla». Aquello volvió loco a Rillka que supuso que podría entrenarla para que dijera otras cosas (no quiero ni imaginar qué cosas). Engeller se puso firme y dijo que no era apropiado que nos lleváramos nada de allí y, en especial, la cabeza reducida de un muerto. Finalmente el halfling pareció entrar en razón y dejó la cabeza, pero estoy seguro que ésta viaja ahora entre sus pertenencias, lejos de las miradas del paladín.

Volvimos al lago, dejando atrás la silenciosa morada de Ullizmilla y tomamos el camino sur en busca del árbol más viejo del bosque. Quedaban varias horas del día y era bastante probable que pudiéramos llegar al destino antes de anochecer. Efectivamente, cuando vimos en el borde de un claro un hermoso árbol de grueso tronco, ramas y con algunas raíces fuertes como el brazo de un guerrero asomando parcialmente entre la tierra, supimos que habíamos llegado. El paladín estaba inquieto. Notaba cierta maldad en el árbol, pero Mærvin le replicó que aquello eran estupideces, sandeces brujeriles para asustarles. «Un árbol -dijo convencido- sólo puede albergar el mal que tú  mismo traigas». Después descubrimos los restos de una mano, casi los huesos, asomando entre dos raíces y aquello desdijo, un poco, el discurso druídico que casi nos había convencido. En su corteza se adivinaba el musgo de Elderwood, el segundo ingrediente que buscábamos.

Nos plantamos frente al árbol, a una distancia prudente que no recuerdo como calculamos, y esperamos. Yo temía que la noche llegara y tomé una decisión que casi me costó la vida. Arrojé una piedra contra la copa del árbol y, de repente, de su interior surgió una forma oscura, letal, que en mis recuerdos temblorosos estaba provista de miles de dientes, de afiladas garras capaces de cortar el acero, de baba ácida que corroía la carne, de maldiciones eternas que condenaban el alma de aquel que miraba sus ojos a la agonía eterna del infierno más espantoso. Más tarde supe que se trataba de un tatzlwyrm y necesité usar casi todas mis habilidades y la ayuda de todos mis compañeros para acabar con ella. Recuerdo despertar de la batalla bajo el arrullo quedo de Thundervoice. Su melodía fue un balsamo para mis heridas.

Mis compañeros ya habían recogido el musgo y algunas pertenencias de los pobres incautos que se habían acercado al árbol antes que nosotros (9 mo, 8 mp, raciones de viaje y un anillo con un halcón de oro). Me acerqué a examinar los cuerpos y descubrí, con alivio, que no pertenecían a nadie que conociera del campamento maderero. Lo último que quería era tener que enfrentarme al capataz con malas noticias.

Día 5

Tras descansar y dormir inquietos sueño, nos pusimos en camino hacia la última de nuestras tres búsquedas. Era un camino largo y pesado y apenas hablamos entre nosotros. Tras superar una pequeña colina, vislumbramos lo que en su día debió se un floreciente monasterio. Tenía una entrada cuyas puertas de madera o latón habían desaparecido hace tiempo, una torre de gran altura permanecía en pie en la parte oriental y entre sus almenas se adivinaban algunas sombras negras que parecían moverse con pequeños saltos. Dos estatuas de recio porte flanqueaban la entrada y tras ellas adivinamos algunas sombras más. Un muro cuadrado se prolongaba hacia occidente y luego giraba al norte donde moría contra la ladera de una montañas. Saia nos comentó que el monasterio, fabricado por su pueblo, estaba dedicado al dios de la forja, pero que el tiempo lo había convertido en el dios de la muerte y destrucción. Tras este cambio de personalidad, los enanos que antaño vivían ahí, ya no fueron bien recibidos como vecinos y el culto al dios desapareció en el tiempo. Hoy, las ruinas de uno de sus monasterios podían estar llenas de ominosos peligros…

Pensé que la entrada principal podía ser una entrada vigilada o peligrosa y sugería a mis compañeros que, como se adivinaban construcciones en ruinas, intentáramos entrar por algún otro lugar. Empezamos a rodear el recinto, pero a los habitantes de la torre, que resultaron ser cuervos, no les gustó nuestra estratagema y nos atacaron. Esta vez pudimos despacharlos con más facilidad que cuando nos atacaron en el bosque. Se nota que vamos aprendiendo.

Vimos un oquedad en el muro occidental y pensamos que sería un buen sitio donde iniciar nuestra exploración de las ruinas. El agujero era angosto, sólo podíamos pasar de uno en uno y así lo hicimos. Afortunadamente, Thundervoice tuvo la precaución de entrar el último protegiendo nuestra retaguardia, pues en el mismo instante en el que él entraba, dos formas oscuras se precipitaron contra nosotros. Luego supimos que eran las mismas sombras que habíamos visto esconderse en las estatuas y que eran unos peligrosos lobos. La precaución del bardo evitó que nos pillaran desprevenidos y conseguimos acabar con ellos sin muchas dificultades (ya hablaré yo con el druida sobre eso de la bondad innata de la naturaleza). Desgraciadamente, la pelea hizo que el polvo mohoso acumulado en los libros (estábamos en una biblioteca) se levantara. Rillka y yo acabamos muy perjudicados y poco os puedo contar de los sucesos posteriores y temo estén muy distorsionados por el efecto alucinógeno de aquel detrito.

Creo que salimos a un pasillo, donde descubrimos una trampilla y oímos a gente corriendo; entramos en una habitación que no era la de la trampilla pero que luego si lo fue, donde había un kobold que a veces se convertía en dos o cambiaba de color; el paladín mantuvo una conversación filosófica con el invitado y creo que llegaron a la conclusión que 3 es 2 si cuentas con sonidos. Al rato el kobold se fue y no volvió más y todos parecieron entristecerse por ello. Finalmente, alguien, no recuerdo quien, posiblemente una voz en mi cabeza, dijo: «será mejor que la duerman». Y me pregunté, ¿quién es ella? ¿dónde está? Y buscando las respuestas, el sueño me venció.

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