El Club de los Jueves, la desaparición de Alice Bridgewater (II)

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El rastro de Cthulhu

Juego El rastro de Cthulhu
Fecha 18/10/2009
Campaña El club de los jueves
Lugar Valencia, casa Lohen
Asistentes Scott (Simon Grant), Lohen (DJ), Leo (Sir Norman Bates), Sento (Padre Thomas Karras)


Sábado 1 de noviembre de 1890

No dejan de suceder hechos extraños en esta ciudad, cuando salíamos del Centro de Gestión del alcantarillado de Londres, mis tres compañeros desaparecieron, por lo visto Mrs.Brown sufrió algún tipo de indisposición que le obligó a tomar urgentemente un carroaje, Sor Mary y Mrs.Bridgenton, muy preocupadas, decidieron acompañarla, así que me quedé solo, con toda la documentación necesaria sobre el alcantarillado, en medio de la calle.

Hice una seña a uno de los mozos que vagueaban por la calle y le ofrecí dos peniques para que fuera a comunicar a otros dos miembros del club que se encontraran conmigo en  un pub cercano a la oficina de registros. Al rato llegaron dos miembros del club, Simon Grant, afamado Profesor Universitario de Historia, y Sir Norman Bates, uno de los principales alienistas de Londres destacado por sus innovadores tratamientos.

Después de explicarles todo lo sucedido estos dos últimos días, decidimos que antes de bajar a las alcantarillas sería mucho más útil leer la autopsia del cadáver de mujer que gritó en Whitechapell. Fuimos al hospital de Saint Mary, situado al otro lado del Thamesis, en la zona sur de Londres. El director del hospital es el Doctor Jhonny Petri, conocido de Norman.

A nuestra llegada al hospital observamos que en la puerta hay dos carroajes aparcados y en la puerta hay seis policías, no parece que comprueben o autoricen quien entra o sale del hospital, mas bien parece que estén esperando algo o a alguien. Entramos en el hospital y preguntamos a una de las monjas por el despacho del doctor Petri, nos indica que ahora no podrá recibirnos ya que está reunido, pero que si queremos esperar el despacho se encuentra al fondo del pasillo.

No tuvimos que esperar demasiado para ver como se abría la puerta del despacho de Petri y por ella salían el Comisionado, al que se le veía muy enfadado y más que se enfadó cuando nos vio allí, y el tipo bajito y casi calvo que vimos junto a él en la escena del crimen de Whitechapell.

Hablamos con Petri y nos comenta que el Comisionado le ha pedido que de preferencia absoluta al tema Whitechapell, pero a Petri no le ha hecho ninguna gracia, ya tiene bastante trabajo como para que encima le digan como tiene que hacerlo. Norman se ofrece a practicar él mismo la autopsia, de manera que conseguimos nuestro objetivo de conseguir información y de paso echamos una mano a un colega.

Petri nos recomienda que utilicemos a Dinkel ya que por lo visto es  el único de los enfermeros que no ha vomitado al ver el cadáver. La idea de Petri es buena pero a Dinkel no se lo parece tanto, costó bastante que accediera a volver a ver el cuerpo, pero apelando a su profesionalidad y valía, conseguimos que lo hiciera. En la sala de autopsias entramos Norman, Dinkel y yo, no es que pensara que era capaz de hacer una autopsia, ya que no es así y sigo sin estar totalmente convencido de que deban de realizarse, la manera en la que el señor se lleva a uno de sus corderos sólo a él le incumbe, pero tenía que entrar para dar apoyo moral a Norman, que no estaba totalmente seguro de ser capaz de realizar la tarea que él mismo se había impuesto. Simon decidió que dado que aquello no iba a ser nada agradable y que él no era necesario allí estaría mucho mejor en el bar del hospital esperando a que acabáramos.

La visión del cuerpo fue una experiencia horrible, claramente aquello era obra del maligno. En la camilla había un montón de carne sanguinolenta que en nada se parecía a un ser humano. En un primer examen vimos que era un cuerpo de mujer joven, el problema era que no tenía ningún hueso ni lugares por los que pudieran haberse sacado, por eso costaba reconocer que era un cuerpo humano, simplemente estaba amontonado. Norman y Dinkel limpiaron, extendieron y examinaron profundamente el cuerpo, finalmente encontraron que en la nuca, bajo del pelo, tenía una marca consistente en un círculo de unos 8 cm. con cuatro agujeros más en su interior, Norman comentó que había un animal acuático, la lamprea, que deja unas marcas parecidas, aunque no tan grandes.

Lo siguiente fue abrir a la muchacha, no tenía sangre en su interior, lo que era de esperar si recordamos los comentarios de los Policías que fueron allí “supuraba sangre por todos los poros de la piel”, tenia todos los órganos y todos en perfecto estado. Estaba claro, la muchacha falleció al desaparecerle los huesos, el problema es que la ciencia ha avanzado a niveles y técnicas que difícilmente se superarán algún día pero, aún así, no hay manera humana de poder quitar los huesos de un cuerpo humano sin dejar marcas. Algún ser tiene que haber hecho algo a través de la marca que tenía la chica en la nuca, tenemos que averiguar que criatura diabólica ha sido capaz de hacer esto.

Después de la autopsia Norman redactó el informe para la Policía y se lo entregó a Jhonny Petti, agradeciéndole el favor que nos había hecho.

Como ya era muy tarde y el día había sido más intenso de lo esperado, decidimos retirarnos a descansar, el lunes proseguiríamos con nuestras pesquisas.

Domingo 2 de noviembre de 1890

El domingo fue un día de fe y familia. Por la mañana, después de leer la prensa y no detectar noticias de interés, acudimos cada uno a nuestra parroquia al oficio religioso, el mediodía y la tarde fueron momentos familiares, momentos más que necesarios cuando uno se enfrenta a veces con historias o seres que volverían loco a alguien menos preparado o con menos lazos con una realidad más agradable que nos de un motivo por el que seguir luchando día tras día.

Lunes 3 de noviembre de 1890

A primera hora los dirigimos al Museo de Ciencias Naturales, a fin de investigar sobre las lampreas, allí un hombre maduro, de unos 58 años, intrigado por la presencia de un cura anglicano en el interior de un antro evolucionista, nos preguntó por los motivos que hasta allí nos habían llevado, rápidamente le expliqué que los motivos eran muy simples, una apuesta, habíamos apostado que no había animal que produjera una mordedura como la del dibujo que le enseñamos (una copia casi exacta a la que encontramos en la nuca de la chica).

El doctor Pikermann, que así se llamaba, nos llevó hasta su despacho y, después de consultar varios volúmenes, llegó a la conclusión de que la apuesta quedaba empatada, el dibujo correspondía a la marca que dejaría una lamprea, pero no existen lampreas de ese tamaño, para esa marca la lamprea debería de pesar casi 5 kg., cuando el tamaño máximo al alcanzar su vida adulta es 80-100 cm. y uno peso de 1 kg.

Nos fuimos a comer, momento en que Norman aprovechó para explicar su teoría sobre la cojolamprea (nombre asignado a la lamprea con un tamaño de cojones). Finalizando la comida un muchacho entregó una nota a Norman, al parecer ya habían acabado los análisis de los restos del mordisco en el hospital, han encontrado una sustancia biológica que no son capaces de identificar.

Por la tarde preparamos nuestro equipo y fuimos a las alcantarillas, no pensábamos permitir que un bicho tan repugnante acabara con la vida de otra joven londinense.

Contratamos una barca en el Thamesis para que nos llevara al acceso que habíamos visto a 3 millas de la entrada custodiada por la Policía, que por cierto allí seguían, pasamos por delante de ellos y no hacían mas que entrar y salir del alcantarillado Policías con cascos de tipo minero. Cuando llegamos a nuestra entrada el barquero estaba muy asustado, no le gustaban las alcantarillas, nos dejó y le recordamos que tenía que recogernos a las 3 horas.

Empezamos a caminar por las alcantarillas, el avance era lento, el agua nos llegaba a la rodilla, los cascos medievales que llevábamos (esperemos que los dientes de la cojolamprea no puedan pasar este estupendo acero inglés) nos restaban agilidad y por si todo eso fuera poco habían multitud de pasajes, desvíos,… decidimos avanzar en dirección a la otra entrada. Por el camino las inmundicias de Londres estaban al descubierto, excrementos, ratas, cadáveres,… y lo que no tenía que estar allí, un cadáver de una rata que sus congéneres no se habían atrevido a comer. Simon se puso sus guantes de tela para evitar contagios y examinó la rata, no tenía sangre ni huesos, pero si la marca que empezaba a ser habitual, eso sí, mucho más pequeña. Guardó la rata en una bolsa, más adelante investigaría cuanto tiempo lleva muerta la rata, y seguimos avanzando. Norman pensó que era mejor que corriéramos pero cuando los dos caímos al interior de ese líquido extraño que circulaba por las alcantarillas, lo cual era de esperar ya que correr con “agua” hasta las rodillas no es demasiado fácil, abandonó sus deseos de correr y seguimos avanzando lo más rápido posible.

Al rato vimos a Simon disparar al agua, algo le había rozado la pierna. Seguimos avanzando muy despacio, y al girar una esquina vimos  a los policías, ellos a nosotros también, pero no sabiendo quiénes éramos corrieron a toda velocidad hacia nosotros. No era momento de explicaciones así que decidimos escondernos y dejarlos pasar.

Así que así estamos, en medio del alcantarillado de Londres y con la esperanza de encontrar ese ser infernal y devolvérselo a su creador.

Padre Thomas Karran

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