Etapa IV: Puente la Reina – Estella. 24 Km.

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Gracias a Chema, otra vez fuimos casi los últimos en abandonar el albergue, él y su amor a las sábanas. Menos mal que fue compensado con un desayuno en el “Angelote”, con esas madalenas, muy buenas, tienen unas madalenas muy buenas, ¿tiene madalenas?, muy buenas,…

A la salida del pueblo, en el puente que da nombre al pueblo, nos hicimos la foto para Toni, la idea era ponernos los tres con las camisetas del Max Max y encuadrarla a ver si nos la ponía en el pub, ya que cada vez que cierra en verano, no sabemos lo que hacer y nos vamos al Camino de Santiago. La realidad es que nunca nos acordamos de encuadrarla para regalársela.

Las de Barna ya se han convertido en compañeras de viaje, son megapreparats y minigrinas, pero bueno, hacen compañía, al final se les acaba tomando cariño jejeje. La verdad es que la compañía era de agradecer, porque la etapa era horrible, la Autopista se ha quedado con el Camino de Santiago, y encima está sin acabar, que todo son obras, por lo que entre el sol, que pegaba con ganas, y todas las subidas y bajadas de pedregales y kilómetros extras (¡¡5, nos han añadido 5!!!) que te regalaban las obras, llegamos a Lorca secos, y algo cansados. También pudo ser debido al ritmo, que fue bastante bueno.

En Lorca comimos unos bocatas en la calle a la sombrita, y Perico se dedicó a curar unas ampollas terribles que le habían salido a Montse. En momentos así es cuando uno se percata de lo cabrones que somos los valencianos, ya que mientras Perico arrojaba alcohol sin piedad en la llaga que le había salido a Montse, los madrileños le daban de su brebaje mágico para que le doliera menos (llevaban una petaca de ron), Gloria le apretaba la mano para que la sintiera próxima compartiendo su dolor (alguna cosa de esas pensaría, que para eso son mujeres), y Sento decía algo como “bordón de peregrino, 6 €, mochila de 40 litros, 40 €, ver llorar a una catalana a manos de un valenciano,… no tiene precio”. Montse cuando se enteró intentó matarlo, pero esas llagas asesinas que le habían salido, le permitieron salvar la vida a Sento.

Después de una siesta en la plaza del pueblo, seguimos camino a Estella. El sol sigue haciendo de las suyas y hemos acabados todos que parecemos Sebastián, el cangrejo de la sirenita. Menos mal que quedaban plazas en el albergue, eso si, las últimas, así que lo de siempre, ducha, lavado ropa y a curar heridas, principalmente las de Montse, que dan miedo. La idea era dar un paseo después, pero no ha habido manera, Sento ya tiene la rodilla destrozada, como siempre, y las ampollas de Montse también le recomiendan quedarse en el albergue, así que los supervivientes se dedican a hacer la compra.

La cena, arroz a la cubana, chorizo, panceta, vino, pacharán… vamos, de aúpa, el final del pacharán en la terracita acompañado de unos cigarrillos, hasta que nos pegan el toque por fumar al lado del depósito de gas, no lo habíamos visto je je je.

Eso si, los del albergue unos estúpidos, un peregrino llegó muy tarde y no quisieron acogerlo, le hicieron continuar, menos mal que los madrileños, que estaban en un pajar que pertenece al albergue, lo capturaron y le dieron cobijo.

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