EXO – NC Babieca S030 –  Introspección en el Vacío


Fecha: – 2025-01-19

Reparto:

  • Juan Carlos (DJ)
  • Perico (Camden)
  • Scott (Twelk)
  • Lohengrin (Landel)
  • Leo (Morki)
  • Sento (Antolin)
  • Chema (Septimus)

Notas

Fecha estelar: 7 de Lopeku 3473. Sistema Yusje.

Todo comenzaba como un encargo más, uno de esos que llenan la cartera y mantienen los motores calientes: una simple mudanza. A bordo de la NC Babieca, nuestra misión era trasladar a la familia de Isaías y todas sus pertenencias desde el planeta Calere hasta el sistema Feccrarad. Un trabajo rutinario, en apariencia.

Aterrizamos junto a su hogar, y mientras supervisaba la carga, una gota de sudor frío recorrió la sien de Morki. Isaías, el patriarca, repasaba los términos del contrato con una insistencia que erizaba el vello. La tensión aumentó cuando su esposa, Maral, mencionó de pasada si el traslado de «experimentos» también estaba incluido. Otra punzada de nervios para Morki, pero el trabajo era el trabajo. Transigimos, y las cajas, algunas con etiquetas de advertencia más ambiguas de lo deseable, encontraron su sitio en nuestra bodega.

Ecos en el motor

Apenas nos elevamos sobre la atmósfera de Calere, Ceballa, al mando de la Hail Mary —la nave de transporte civil que nos acompañaba—, contactó con nosotros. Su nave, más lenta y desarmada, dependía de nuestra pericia para trazar una ruta segura que evitara las zonas piratas. Landel, nuestro piloto, optimizó el plan de vuelo que nos propusieron, un baile de saltos cortos y erráticos diseñado para despistar a cualquier observador indeseado. Un detalle nos llamó la atención: los pasajeros de la Hail Mary insistían en permanecer despiertos durante los saltos al subespacio. Una excentricidad, pensamos.

El primer salto fue una violenta transición a la quietud antinatural del subespacio. Al volver a la realidad, el vacío nos recibió con un silencio desolador. Estábamos solos. La Hail Mary no estaba. Una comunicación crepitante de Ceballa nos confirmó el problema: ellos también habían saltado, pero habíamos aparecido a un minuto luz de distancia el uno del otro. Nuestra nave había saltado más lejos de lo previsto. El misterio acababa de empezar.

Para el siguiente salto, Twelk, nuestro ingeniero, decidió permanecer despierto en la sala de máquinas, con Camden haciéndole compañía en el puente. Y entonces lo vieron. Una lluvia silenciosa y fantasmal de luz parecía danzar sobre la superficie iridiscente del campo Faus-Carber. Destellos efímeros que nadie había presenciado antes. Al regresar al espacio normal, el resultado fue el mismo: un minuto luz de separación.

Fantasmas en la máquina

La anomalía se convirtió en nuestra obsesión. En el siguiente viaje, Landel detectó una radiación extraña, pulsos que llegaban cada tres minutos, coincidiendo exactamente con los destellos. Twelk, por su parte, confirmó que, aunque el gasto de combustible era normal, los sensores EPR se saturaban con un pico de energía en esos mismos instantes. Algo a bordo estaba interactuando con nuestros sistemas.

Tras ajustar el salto, por fin emergimos junto a la Hail Mary. Al compartir nuestros hallazgos, su ingeniera sugirió la causa: un elemento radiactivo en nuestra nave debía de estar afectando al campo. Camden no tardó en identificar al culpable teórico: el Laurencio, un elemento inestable cuya vida media de desintegración coincidía con el intervalo de tres minutos. Registramos la Babieca de proa a popa. No había Laurencio a bordo. Solo encontramos una oscura teoría que postulaba que su desintegración en el subespacio podría generar bosones de Higgs. La intriga se convertía en una amenaza invisible.

Con cada nuevo salto, el fenómeno se agravaba. Los destellos ya no eran instantáneos; ahora persistían durante un segundo, y Twelk detectó microvariaciones en la masa de la nave. Landel, con los ojos pegados a los sensores, describió las perturbaciones como «ampollas hacia adentro», como si algo estuviera golpeando el escudo Faus-Carber desde el exterior. Una inspección reveló un desgaste incipiente en componentes críticos del motor. Estábamos forzando la máquina hacia lo desconocido.

La tensión alcanzó un punto de no retorno. En un nuevo salto, las alarmas de Landel aullaron. Miles de objetos fantasma aparecieron en curso de colisión directa, solo para desvanecerse en el último instante. El violento bandazo hizo que todo lo que no estaba perfectamente anclado en la nave saliera despedido. Al mismo tiempo, el sistema de soporte vital alertó de un fallo en la contención de radiación, y el campo Faus-Carber se había encogido un 5%. La Babieca se estaba desmoronando a nuestro alrededor.

La caja de Pandora

Nuestra llegada al sistema Vi no trajo alivio, sino más problemas. Dos patrulleras, con las luces azules parpadeando como ojos de depredador, se abalanzaron sobre nosotros, exigiendo nuestra rendición. La Babieca estaba reclamada por la justicia, implicada en un asesinato. Morki no titubeó. «¡Salta!», le gritó a Landel. Un instante antes de que el universo se plegara sobre sí mismo, el fuego enemigo nos alcanzó, dañando el computador de saltos.

Emergimos heridos y a la deriva, a tres minutos luz de la Hail Mary. Una viga en la bodega de carga gemía, deformada por la tensión. Mientras Twelk y Camden se afanaban en reparaciones de emergencia, la investigación sobre nuestro pasajero, Isaías, reveló que era un bioquímico de renombre. ¿Qué demonios estaba transportando?

El siguiente salto fue el caos definitivo. Las cinchas de la carga reventaron. Un torbellino de enseres personales y equipo científico se desató en la bodega, golpeando las paredes con una furia metálica. En medio del desastre, solo una caja permaneció inmóvil, como si una fuerza invisible la anclara al suelo. Pertenecía a la hija de Isaías y llevaba una enigmática etiqueta: «664e-29».

Contactamos con la Hail Mary, la paciencia agotada. Morki exigió respuestas, dirigiéndose directamente a Lixia, la hija. Tras una tensa conversación, la niña confesó: la caja contenía un motor de generación de campo cero. Y estaba encendido.

El padre, arrinconado por la evidencia y la furia de nuestra tripulación, accedió a subir a bordo para apagar el dispositivo. Con el experimento neutralizado, los siguientes saltos hacia Feccrarad fueron de una calma casi antinatural. No más destellos, no más alarmas, no más fantasmas.

Un final amargo

Llegamos a Feccrarad para ser recibidos por una nueva amenaza: varias naves no identificadas en rumbo de intercepción. Ceballa nos urgió a correr hacia la estación orbital de Marao para ponernos bajo el paraguas de sus defensas. Descubrimos nuestras armas, ganándonos un improperio por radio de un sorprendido Ceballa, y la batalla comenzó.

Landel disparó con precisión quirúrgica, mientras que los disparos de Camden, aunque menos certeros, dejaron claro que no éramos una presa fácil. Intercambiamos golpes, nuestra coraza arañada, pero logramos abrirnos paso hasta la estación.

El epílogo fue tan tenso como el viaje. Isaías tuvo la desfachatez de exigir una compensación por sus bienes dañados. Nosotros, a cambio, le presentamos la factura de los destrozos en la Babieca. El resultado fue un empate amargo: cada uno se haría cargo de sus propias reparaciones. Sin embargo, en un último giro de oportunismo, Morki le ofreció venderle toda la documentación de los sucesos. Quizás, después de todo, su hija querría añadir aquellos datos a su peligrosa investigación. Un final sin ganadores, solo supervivientes.

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