Etapa 3: Belorado – Agés. 27’7 km.

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Después de un buen descanso (nosotros, de las alemanas no se puede decir lo mismo), y antes de que amaneciera (estamos cogiendo costumbres extrañas), emprendimos camino hacia Agés. Antes de salir de Belorado, y una vez los músculos han cogido algo de temperatura, unos estiramientos, que falta les hace, y luego a la marcha.

El camino no era duro, la pega era la lluvia que había caído durante la noche, que había sido muy abundante, había muchísimo barro, las botas cada vez pesaban más, y los pantalones no dejaban de empaparse, la verdad es que se hizo bastante incómodo. Así que cuando llegamos a Villambistia tuvimos que realizar la parada de rigor para tomar algo calentito, y que mejor que un Coto del 2002 acompañado de una tortilla de patatas en la taberna de Iñaki, mientras escuchábamos música celta. Eso si que es un sitio para hacer parada, el pueblo es muy pequeño, pero Iñaki (que todo sea dicho, entre la constitución tan recia y la enorme barba negra, parece un enano de las montañas), es, como diría él, un tío cojonudo. Nos tomamos unos vinos con él, hablamos de sus experiencias por Valencia, y nos invitó a almorzar luego, que iba a preparar unas sardinas, cada uno pagaba a escote y a correr, el problema es que sabíamos que si nos quedábamos eso se iba a liar y de ahí no salíamos hasta la noche, por lo que decidimos continuar hasta Villafranca.Desde Villambistia el camino tenía menos barro, y la llegada a Villafranca de los montes de Oca es casi bucólica, después de tanto campo, una vaguada con rio y un árboles por todas partes. Al llegar, la primera parada en el “Mesón Alba”, y muy bien, tienen cerveza Estrella de Galicia, nos dijeron que también hay negra pero que no tenía (ya hay misión para el camino, localizarla), y con esos tercios nos sacaron unas tortillas de patatas y de morcilla en pan de pueblo recién echo que… que…. eso no se puede describir, tuvimos que repetir porque ocasiones así no se repiten muy seguido.

La salida de Villafranca es una cabronada tras otra, la primera, la Iglesia que estaba cerrada (y a nosotros nos molesta, porque tenía pinta de ser impresionante), la segunda cabronada, la cuesta de detrás de la Iglesia, empiezas a subir, subir y subir, que parece que estés ascendiendo a los cielos, cuando por fin coronas, un tramito recto, y a bajar, el descenso a los infiernos, y cuando ya casi empiezas a oler a azufre, otra vez para arriba, vamos para pegarse un tiro.

Cuando ya cogimos la altura de crucero, y dejaron de tocar las narices con las subidas y bajadas, empezó un camino recto, que no se acaba nunca, que no tienes referencias de la distancia recorrida y hay momentos de esos que dices… juraría que por aquí ya he pasado. Fue donde nos paramos a hablar con la Canaria y los Mejicanos, la primera toma de contacto.

Después de tanta recta, el premio, y que premio, nada más y nada menos que el Monasterio de San Juan de Ortega, el cual, por supuesto, visitamos e inspeccionamos hasta la cripta. Paramos en el bar del malasombra, un indígena que tiene el bar pegado al monasterio, del que es mejor ni hablar y no visitar ni por error, por lo menos hasta que adquiera algo de educación. En su bar (que no hay otro y es la suerte que tiene), dimos una clase de política y estructura de Comunidades Autónomas a los mejicanos, que estamos seguros que aún no han digerido, eso de que España sea un montón de Autonomías, que se putean entre ellas, y que lo único que las une es el Corte Inglés, es algo que no eran capaces de entender, estos guiris….

En San Juan tuvimos que dejar a Chemita, en un principio pensamos pasar todos la noche, pero aún era pronto, y el albergue, según nos dijeron, no tenía ni luz ni agua caliente, algunos dijeron que habían pulgas, así que pensamos en seguir al siguiente, pero Chema tuvo un problema con el que no contábamos, una alergia a la licra, que él desconocía, y que hizo que tuviera más huevos que el caballo de Espartero, vamos, que se le incharon de una manera indecedente y se le irritó toda la entrepierna, por lo que decidió pasar la noche en San Juan, junto a la canaria (Elisa), que también decidió quedarse.

La llegada a Agés, muy bonita, sales de un bosque (en el que seguro que hay hombres lobo, zombis y cosas similares por la noche), y llegas a campos de pasto de vacas, con sus alambradas y sus puertas en medio del campo, y luego, desde lo alto se divisa todo el pueblo, una vista que vale la pena parar unos minutos, disfrutarla y luego empezar el descenso. En el pueblo, el albergue San Rafael, al llegar nos recibieron muy bien, el albergue muy limpio, mucho espacio entre camas y unas duchas muy apañaditas, creo recordar que tenían hasta secadora. Después de la ducha pertinente, unas cervezas enormes acompañadas de unos mejillones picantes, que cuando nos dijeron lo que costaba, volvimos a empezar desde el principio. Luego visita por el pueblo, que es muy pequeño, y a la Iglesia, que se encontraba cerrada, pero al vernos nos la abrieron (gracias).

Antes de la cena, entablamos conversación con los hospitaleros, que resulta que habían vivido anteriormente en Valencia, y bueno, que trato, como si fuéramos de la familia, esa cocinera Valenciana, que arte, que tortilla de patatas rellena de morcilla de burgos con bechamel por encima que nos puso para cenar, ¡¡¡como se le puede llamar a eso tortilla!!!, eso era un monumento gastronómico, del que no hay fotos porque no pudimos parar de comer para hacerlas.

Después de la cena nos invitaron a unos orujos y nos comentaron la fiesta de traje de noche (pijama) que pensaban hacer en Nochevieja, a ver si nos apuntábamos, llegaron a ofrecerse incluso a recogernos de Valencia, ¡que gente!, por momentos así son por los que volvemos al Camino.

Después de todo esto, a dormir, que el día había sido duro.

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